24 de Setembro de 2011

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publicado por Santos Vaz às 07:26

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13 de Setembro de 2011
publicado por Santos Vaz às 21:00

10 de Setembro de 2011

Estaremos todos de acuerdo que torear es engañar al toro pero sin mentir. Con la verdad oculta tras la muleta. Una vez dicho esto, quizás se pregunten que pinta un comediante, un titiritero, pregonando la fiesta taurina cuando, precisamente, el toreo es algo que se halla en las antípodas de la ficción teatral. Así pues, les ruego que concedan por unos instantes la presunción de inocencia a este simulador profesional por el atrevimiento de opinar sobre tauromaquia sin haberme enfrentado jamás a un toro, a una simple becerra, ni tan solo a un inocente perro caniche que muestra sus diminutos colmillos.

Lo que puedo decirles sobre el rito taurino forma parte de la insensata osadía que mostramos muchos aficionados cuando desde nuestra resguardada posición en el tendido, pontificamos sobre las faenas, y si cabe, tampoco mostramos complejo alguno en vocear consejos a los matadores en plena lidia. Lo cual, no significa que como espectadores de pago no tengamos derecho a polemizar, exhibir pañuelos, aullar como posesos, increpar al presidente e incluso, en alguna tarde memorable, llorar de emoción. Por tanto, queda claro que no puedo exhibir ningún pedigrí taurino. Mi único y modesto atributo es como veterano voyeur desde la grada, siendo este, un hábito adquirido desde hace bastantes años. Concretamente, desde que pesaba diez kilos y mi tío Ignacio me tenía sentado sobre su brazo en algún tendido de la Monumental de Barcelona. Instalado en aquel privilegiado palco, quedaba totalmente subyugado por lo que acontecía ante mi neófita mirada. Aquello era para mí la vida de verdad. Todo lo contrario de lo que sucedía fuera de la plaza que me parecía incomprensible y absurdo, de tal manera, que el domingo siguiente, solo a la vista de la arena, mi corazón ya latía exaltado.

Como tantos miles de niños españoles de la época las toallas y trapos de cocina se transformaban en muleta. Porque, aunque hoy, en la era de los recreos informáticos parezca una fantasía, hubo un tiempo en que los niños de este país jugábamos a toros. Aprendí a darle muletazos a mi compinche Juanito que siempre se quejaba de su esforzado papel de cornúpeto. Ante sus incesantes protestas mi argumento resultaba contundente: ¡Es que eres muy bravo embistiendo Juanito! Cuando los adultos me planteaban la tópica cuestión “Niño que quieres ser de mayor” yo no dudaba un solo instante y durante muchos años respondí: ¡Quiero ser torero! Y en cierta medida he cumplido una parte del sueño, aunque con una ligera variante: En el escenario el toro es de cartón y la sangre es simplemente kétchup.

Dentro de veinte días, aquella plaza de mis primeras emociones, aquella plaza que triunfaron los más excelsos matadores y en la que también derramaron sangre algunos infortunados en busca de gloria, aquella plaza tan justamente llamada Monumental y que fue la primera del mundo en los años 50, aquella plaza dejará de existir como consecuencia del ignominioso decreto promulgado por los enemigos de la libertad. Es muy posible que ustedes se pregunten ¿Pero que buscan esos mezquinos prohibiendo una ceremonia que pintaron Goya y Picasso y loaron nuestros mejores escritores, poetas y músicos? Una ceremonia en la que se deleitan, no tan solo cientos de miles de españoles, sino hispanoamericanos, portugueses y franceses ¿Cuál es el motivo profundo de tal prohibición al margen de las supuestas filantropías animalísticas?

El objetivo real, ni más ni menos, es finiquitar todo lo considerado español en la memoria colectiva de una región. Y lamentablemente, debemos admitir que su envite es certero porque ellos saben que todavía los toros continúan siendo la representación más genuina de España. Preguntémonos a día de hoy que otra manifestación pública nos representa a todos los ciudadanos de este país, desde Andalucía a Navarra, desde Galicia a Valencia, desde Cataluña a Extremadura. Los toros son el acontecimiento que mayor influencia ha tenido en la historia social y cultural de la España de los últimos siglos.

¡Quimérica empresa pues la que pretenden mis conciudadanos! Condenada al fracaso y cuando menos, al ridículo. Al fracaso porque no conseguirán borrar España de su memoria ni que derrumben las plazas ni que prohíban cocinar el rabo de toro. Seguirán siendo españoles incluso con aduanas en el Ebro. No se esfuma por decreto un pasado común construido con tanto esfuerzo, con dolor, con gloria y también con sangre ¿De verdad creen que hemos dejado de pertenecer a la cultura cristiana por la simple normativa que nos clasifica como estado aconfesional? Nuestro mestizaje de lenguas, costumbres, folclores, paisajes y climas distintos, una vez mezclado, infunde definitivamente carácter. Sobretodo, en lo referente a esa inclinación histórica para la disputa fratricida a la que tanta predisposición mostramos los españoles. Y es en este aspecto preciso que lo sucedido en Cataluña con los toros viene a testimoniar que actualmente, no hay nada tan español como un catalán.

Pero hoy no he venido aquí para hablar de mezquindades partidistas ni paranoias tribales sino a pregonar una feria y animar a las gentes a presenciarla y disfrutarla. Propósito este, a todas luces casi innecesario, frente a los esplendidos carteles que presenta esta feria de Albacete. Pero asumo con gusto mi papel de telonero de los grandes artistas de la tauromaquia que tendrán ustedes el placer de ver y disfrutar en muy pocos días.

Vivimos en un país caótico y singular en el que cada uno de sus habitantes tiene una versión diferente de lo que es España, de la misma manera que cada aficionado a los toros tiene sus propias y exclusivas motivaciones para asistir a una corrida. Por lo tanto, me permitirán que yo les exprese las mías, en la seguridad que serán distintas de la mayoría de las suyas pero consciente también que entre todos sumaremos cientos de razones que justifican el rito más impresionante del mundo occidental.

El porque me gustan los toros lo tengo ordenado en forma de decálogo para no faltar a nuestra tradición judéo-cristiana. Así pues, sin más preámbulos, paso a la primera de las diez razones.

1) Me gustan los toros porque exaltan la individualidad. Vivimos una fiebre de igualitarismo donde la singularidad, el valor, el sacrificio altruista o la excelencia profesional, se presentan como conductas en desuso fuera de los hábitos rentables del momento. Las masas marcan hoy la corrección práctica y colocan el prestigio en aquellas cosas que consideran a su propio alcance, o sea, al alcance de cualquiera. El héroe actual tiende a ser alguien corriente, cuya única característica imprescindible es su éxito mediático. Bajo esta óptica, la heroicidad épica, individual y desinteresada es una actitud en recesión. La necesidad colectiva de mitos se halla usurpada por figuras ensalzadas desde el mundo de la simulación como pueden ser determinadas estrellas de la pantalla, modelos o protagonistas de lo que hoy llamamos telebasura. Cierto, que en el deporte se crean algunas mitologías, sin embargo, son mitos cambiantes de muy corta duración. Además ¿No vamos a comparar a estas alturas un mañoso del balón con un torero?

El torero representa la encarnación más ortodoxa del héroe individual. Su valerosa acción nos sirve de catarsis a la colectividad cuando comprobamos que pone en riesgo la propia vida con el fin de ofrecernos generosamente una visión de nuestras realidades más profundas. Una de ellas, es la prodigiosa capacidad que podemos tener los seres humanos para vencer el pánico a la muerte. El torero nos lo muestra además a través de una enorme belleza. A nadie se le ocurre pensar que un acto de tal naturaleza se hace por dinero como el fútbol o simplemente por aparecer en televisión. Si alguien esgrime semejante argumento solo hay que decirle: Pruébelo usted, al mismo precio o incluso al doble.

2) La segunda razón del decálogo es porque los toros representan la más completa metáfora de la vida. Lo que acontece sobre la arena son los hechos esenciales que mueven nuestra existencia. La vida y la muerte, el dolor, el miedo, el valor, la belleza, la astucia, la prudencia y el arrojo, pero ante todo, el conocimiento y la inteligencia para actuar en el momento preciso. Exactamente como en la propia vida. Lo más singular de este hecho se halla en que una lidia no contiene nada simulado. No hay teatro, ni comedia, ni circo, ni cine. Nos presenta la vida con una realidad absoluta y eso es algo que no sucede en ninguna otra de las artes. Tales condiciones, convierten el ritual taurino en una ceremonia didáctica y al mismo tiempo moral. Insisto en lo de moral porque representa una escuela de la vida donde deberían asistir regularmente nuestros niños.

Obviamente, se trata de algo mucho más serio y eficaz que esta asignatura llamada “Educación para la ciudadanía” la cual nos presenta un mundo irreal. Un mundo trufado de actitudes y sentimientos propios de los dibujos animados, porque la razón de fondo no es educar sino promover una versión de la sociedad bajo el modelo de un solo concepto político ¿Cómo es posible que en España se haya permitido legislar contra la presencia de niños en las plazas? ¿Quiénes son esas gentes despóticas que se arrogan el derecho a decidir donde puedo y donde no puedo llevar a mis hijos? O sea, que puedo llevarles a las películas más sanguinarias y violentas y no pueden asistir a una ceremonia que ha configurado una parte esencial de nuestra lengua, nuestra cultura y nuestro arte. Eso viene a certificar como la influencia del totalitarismo del Estado sobre el individuo no acabó con la caída del muro de Berlín.

3) La tercera razón de mi decálogo es que me gustan los toros porque no se trata simplemente de un espectáculo. Quizá esta afirmación pueda parecer sorprendente en un comediante pero habrán podido observar que siempre me he referido a la tauromaquia como un ritual. El torero está más cerca del sacerdote que oficia un sacrificio en la misa que de mis propios actores cuando representan una obra y tratan de ofrecer un espectáculo al público en este mismo teatro. La voluntad espectacular en el torero es algo que puede conducirle fácilmente a la picaresca del efectismo. Igualmente como sucede en el ritual religioso, la corrida tiene sus protocolos que se repiten metódicamente y nadie puede alterarlos a su libre albedrío. En este sentido, el toreo es rito antes que espectáculo. Obviamente, tales exigencias ritualistas no las hallamos en el comportamiento de todos los diestros. Entre los que manejan capa, muleta y estoque, encontramos a menudo frustrados deportistas, algunos comediantes, bastantes saltimbanquis, bailarines y gladiadores e incluso algún esforzado matarife.

Sin embargo, cuando aparece el auténtico torero, aquel que tiene madera de oficiante, allí se acaba la fiesta y el circo. Allí nace otra cosa de naturaleza casi indescriptible, remota, ancestral y a la vez fugaz. Quizá se trata simplemente de la cita del hombre con lo sagrado y con todas las reservas que quieran, permítanme que aventure unas hipótesis de cierto riesgo ¿No son hoy las artes más inductoras del mundo intangible que las propias religiones? ¿No es a veces el ruedo un lugar más sagrado que muchos templos cuyas ceremonias se han convertido en una caricatura de lo que fueron? Y lo dejo aquí, no sea que me vayan ahora ustedes a rezar el padrenuestro en la plaza y a exigir un pasodoble cuando sale el cura a celebrar la misa.

4) El cuarto motivo de mi afición es porque los toros son pura poesía. Existe una confusión generalizada cuando atribuimos la poesía exclusivamente a unos escritos que ocupan la parte central de un libro dejando amplios márgenes a los dos lados. Es una visión muy parcial de la poesía. Una visión limitada estrictamente a lo literario. En especial, si tenemos en cuenta que todo arte ya es de por sí un acto poético. La esencia de la poesía significa que con los mínimos elementos se consigue la mayor emoción. Unos simples pigmentos mezclados con aceite para que Velázquez pintara las Meninas. Una pequeña caja de madera y unas cuerdas de tripa en las que Paganini interpretaba sus maravillosos conciertos de violín. Un trozo de mármol para que Miguel Ángel esculpiera La Pietá con una simple escarpa y el martillo. El espacio vacío de un escenario para que un actor, sin más artefacto que su cuerpo y la palabra, se convierta en personaje épico y nos traslade a otro insospechado universo.

Pues bien, esta misma pauta es empleada por el torero que con un sencillo trapo en la mano, solo, en el centro de la plaza, se enfrenta a un animal feroz de media tonelada. Animal que tiene como único objetivo cornearlo hasta la muerte. El trance del matador es enteramente poético porque sin nada más que el trapo transforma la materia irracional del acto en armonía y belleza perfectamente controladas. No se trata de nada casual. Todo forma parte de su conocimiento e inteligencia para conseguir que a través del dominio racional sobre la bestia afloren nuestras más profundas emociones ¿Quién puede negarle a este hombre la condición de poeta? O de artista, que como les he dicho, viene a ser lo mismo.

5) El quinto motivo es la condición efímera de una lidia. En una época en la que todo parece reproducible y la mayoría de las emociones son inducidas desde la electrónica o los satélites, el ritual taurino, una vez realizado en directo se convierte para siempre en memoria emotiva porque no es un arte perenne como la pintura, la escultura, la arquitectura o la escritura que pueden permanecer siglos conmoviendo. El torero solo posee una única oportunidad para llegar al público, su arte se quema en el preciso instante que aparece. Una u otra faena memorable la conservamos grabada en nuestros recuerdos más hondos porque sabemos que es única y aquello no se volverá a producir jamás de igual manera. Si hemos tenido la fortuna de presenciar una lidia memorable debemos considerarnos seres privilegiados, mucho más que los turistas de las pirámides que vienen contemplándose desde hace siglos y que podemos verlas de nuevo cuando nos plazca. Los toros hay que vivirlos en presente con el olor, el calor, la cercanía de la muchedumbre y su eufórico bullicio. Cualquier aproximación grabada o filmada será un recuerdo frio, faltado de aliento. Una pura reproducción mecánica sin alma. De aquí la grandeza única de este ritual tan vivo y real pero a la vez tan efímero.

6) El sexto motivo de mi afición es porque la tauromaquia se mantiene despegada de la moda. No sucumbe al frívolo complejo de modernidad que contamina hoy las artes y la sociedad en general. Basta que un cuadro, un mueble, un edificio, un libro, un objeto, por feo, repugnante e incomodo que resulte, si le acompaña el pedigrí de la modernidad quedará automáticamente justificado y ensalzado, y la gente no osará decir lo contrario por temor al ridículo. Afortunadamente, la evolución de las corridas no se ha producido como consecuencia de las modas sino por razones puramente funcionales y con una gran resistencia a desmembrar la solidez que aporta la tradición. La novedad compulsiva a la que nuestra sociedad se ha vuelto tan predispuesta no ha hecho mella en el ritual taurino, el cual, en su esencia, se mantiene con una mayoría de acciones realizadas ya desde hace siglos. En este aspecto, podemos definir los toros como un hecho excepcional de sentido común en medio del torbellino de extravagancias y disparates que hoy nos exhiben las artes.

7) La séptima condición de mi fervor taurino es porque prima el mérito. La inducción al mérito y la excelencia han desaparecido de España en la mayoría de actividades. Son términos considerados ahora, entre los adeptos del sectarismo progresista, como algo de índole reaccionaria que se enfrenta al concepto de igualdad. Solo nos queda la excelencia practicada por los deportistas, los cuales, al no tener posibilidad de artificio, su actuación se sostiene por mérito, esfuerzo, entrega y tenacidad. Quizás por ello el deporte es la única actividad en la que los españoles hemos progresado ante el mundo.

En la tauromaquia esta exaltación del mérito es tan profunda que incluso a los grandes matadores no les vale ni el currículum más glorioso frente a un toro. Una figura del toreo puede recibir una ovación circunstancial antes de la faena pero según el resultado de esta, los aplausos se tornan bronca en muy pocos minutos y eso puede suceder mientras el torero novel que servía para rellenar el cartel de las figuras es sacado a hombros si su faena convence al respetable. Esta circunstancia, obliga al torero y al ganadero a no dormirse en los laureles porque de un día para otro puede cambiar radicalmente un prestigio atesorado a veces durante muchos años. Ante ello, solo puedo imaginar: ¡Qué bien funcionaríamos en España si toda actividad profesional estuviera mantenida con semejante rigor y exigencia!… y ante todo, puntualidad.

8) La octava razón es porque el ritual taurino venera la naturaleza. El toro es el único animal salvaje de Europa al que le ha sido respetado su espacio vital. Al resto, en mayor o menor proporción, el hombre ha ido invadiendo paulatinamente su terreno. En este aspecto, los más acérrimos defensores de las corridas deberían ser los ecologistas auténticos. Obviamente, no me refiero a esos quejicas de salón que conciben la naturaleza en versión Walt Disney. La supervivencia y el cuidado del toro de lidia, así como los cientos de miles de hectáreas dedicadas a su cría, convierten esta actividad en una de las más excepcionales de Europa. Especialmente, en lo referente a la protección medioambiental generada por esta forma de ganadería extensiva. Imaginemos por un instante la desaparición de las corridas, imaginemos sus consecuencias sobre espacios de cría tales como las dehesas. Significaría para nuestro país un desastre ecológico de una magnitud incalculable así como la extinción definitiva de una raza espectacular y única que nos fascina. Y esta misma veneración por el toro la sentimos los aficionados cuando participamos a proporcionarle una muerte digna en consonancia con su naturaleza brava y combativa. Es evidente, que el toro bravo no es un animal para mataderos. Su final violento es algo mucho más natural y benevolente que la apiñada vida y muerte de un cerdo, un pollo o un pato para foie. No debemos pues sentirnos acomplejados por la muerte del toro en la plaza. Es su mejor fin. Y en este aspecto, permítanme una intima confidencia: Yo firmaría mañana mismo un final semejante antes que la patética decadencia en un hospital terminal. Obviamente, previa seguridad de que en el sorteo me tocara un buen matador…

9) El noveno motivo de mi decálogo es porque implanta una forma de pueblo soberano. Nada que ver con las artes escénicas donde el público es un mero observador. O bien, en los deportes, donde como máximo, las masas animan a su equipo pero amedrentan ferozmente el contrario y si tienen ocasión les lanzan objetos encima. En los toros el público es determinante para el éxito de una corrida. Determinante en la concesión de los premios, en la actuación de los diestros e incluso, en el acompañamiento coral durante los pases. En la plaza se reúnen en idénticos derechos ricos, pobres, listos, zoquetes, derechas, izquierdas, autóctonos y extranjeros. No hay una sola actividad pública en la que los espectadores obtengan una soberanía parecida. En el futbol, por ejemplo, el público desea el éxito de un equipo a costa de la derrota del otro. En los toros sucede todo lo contrario, nunca buscamos el fracaso de un torero, deseamos fervientemente el éxito del cartel y que la tarde resulte gloriosa para todos. Significa esto una actitud positiva propia de un público apasionado, libre y generoso. Son las cualidades que enaltecen este aislado experimento de pueblo soberano que, lamentablemente, solo se produce hoy en las plazas de toros.

10) Finalmente, la decima y última razón de mi afición taurina es porque tenemos los anti taurinos. Comprenderán ustedes que un hombre sin enemigos es alguien de no fiar. Por este mismo motivo debemos considerar una suerte para los aficionados poseer adversarios que persiguen la desaparición de la tauromaquia. Ello nos obliga a reflexionar sobre las razones del apego a los toros y nos cuestiona en cada momento nuestra propia ética ante el sacrificio que se ofrece en la plaza. En última instancia, los taurinos siempre conservamos una ligera duda sobre la legitimidad de nuestra afición. Esta es la gran diferencia con los animalistas o taurófobos, los cuales no se plantean nunca la posibilidad de error en sus creencias. De aquí, la cruzada inquisitorial contra la fiesta y los aficionados. Su fobia es consecuencia de un propósito disparatado: Elevar los animales a la condición humana, lo que viene a significar un insulto a las personas y un agravio a las bestias. En general, se trata casi siempre de puritanos que no quieren saber la historia de la morcilla que se zampan. La realidad natural no forma parte de su versión bucólica y justiciera con que quieren convertir la complejidad cósmica del ecosistema. En el fondo, sueñan con un Dios a su medida, vegetariano, progresista, algo agnóstico y republicano. Se empeñan en imponer su dogma igualitario y pacifista a la naturaleza. No niego que sea una ficción entre agradable y cursi pero lamentablemente, la muerte y el dolor, forman parte indisoluble de la vida. Tratar de esconder, mitigar o simplemente, presentar una vida sin el protagonismo de estos hechos es faltar a la verdad. En cambio, enfrentarse a ella con dignidad y entereza como el torero constituye, precisamente, un ejemplo moral para el público. El matador y el propio toro personifican, en este sentido, una de las metáforas más rotundas y reales de nuestro mundo actual. Mucho más rotunda hoy que en el pasado donde la muerte se hallaba más presente, mientras que nuestra sociedad tiende a ocultarla y maquillarla en los tanatorios.

Pero no he venido aquí hablarles solo de muerte sino a inducirles el placer de la vida que emana de los toros. Comprobaran que termino sin haber citado ningún torero para no coaccionar sus gustos como tampoco no he querido entrar en las clásicas loas a la ciudad que me acoge tan gentilmente. Mi presencia esta noche aquí creo que es suficiente testimonio de mi consideración y cariño a todos los ciudadanos de Albacete, lugar en el que cuento con muy buenos amigos.

Faltan apenas tres días para que la plaza abra sus puertas. Tres días para demostrar de nuevo que los gigantescos conocimientos tecnológicos y científicos que hemos adquirido como seres humanos no han sido suficientes para destruir en nuestro espíritu esta infantil inocencia con que un quite, un adorno, un desplante o un pase bien hecho, bastan para colmarnos la vida. No se inquieten por los ataques a los toros porque desde hace siglos vienen insistiendo en quitarnos este deleite tan fantástico pero tal como dijo Felipe II ante la condena taurófoba del Papa Sixto V “La afición a los toros es costumbre tan antigua en España, que se podría considerar como parte de su misma sangre”

Yo soy más modesto en mis apreciaciones y les diré que, actualmente, es en la plaza de toros donde los españoles menos dudan de su identidad. Permítanme pues, que acabe con dos palabras que nos unen, dos palabras que hoy no están de moda, dos palabras que algunos tachan incluso de reaccionarias, dos palabras cada día más insólitas en un catalán… son solo estas: ¡Viva España!

 

publicado por Santos Vaz às 23:09

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